Tomás Martínez Ferrando
Desde tiempos inmemoriales los humanos intentamos comprender el sentido de nuestro paso por este mundo, nos afanamos en encontrar el modo de vivir sin sufrimiento ni dolor, la forma de evitar las penalidades y la manera de desarrollar nuestras capacidades.
Hace varios milenios, -quizás debido al hecho de un menor desarrollo del cortex cerebral y un mayor predominio del cerebro intuitivo; o quizás debido a las fluctuaciones cósmicas presentes en cada era; o por ambos motivos y muchos otros inalcanzables- personas con un nivel de comprensión avanzado y dedicación permanente desarrollaron técnicas de estudio introspectivo que les permitieron conocer la realidad desde un punto de vista equilibrado y acorde con la naturaleza de la existencia, exponiendo a los demás sus experiencias a través de diferentes lenguajes metafóricos, ya que si algo tienen en común todas estas experiencias es la imposibilidad de expresar con claridad -de forma racional o intelectual- lo sentido de forma intuitiva e irracional.
Este es el origen de las ciencias antiguas, la sabiduría primigenia; impregnadas de un lenguaje oscuro, oculto, mágico o esotérico, incomprensible sin el código descifrador de la propia experiencia personal.
Observemos como ejemplo las teorías de los canales y colaterales del cuerpo humano, sin las cuales sería practicamente imposible haber desarrollado técnicas como la acupuntura o el daoyin. Cualquiera que haya estudiado, practicado o experimentado la acupuntura se ha preguntado en algún momento: ¿Como pudieron descubrir y determinar los recorridos de los meridianos, tanto en el exterior manifestandose en los puntos de acupuntura como en el interior alcanzando a especificar claramente sus recorridos a través de órganos, entrañas y tejidos? ¿Acaso esto se puede descubrir por la mera capacidad intelectual o la deducción lógica?
Evidentemente la respuesta es clara y rotunda. Solo a través de la experiencia propia de la introspección continua puede llegar a sentirse el cuerpo en su totalidad interna, su dinámica, sus sensaciones, sus cambios permanentes, y plasmar de modo tan certero estas teorías de resonancias universales. Después viene la experimentación empírica a lo largo de miles de años, lo que va formando un corpus de conocimientos extenso y heterogéneo que es englobado en el término acupuntura.
Estas ciencias antiguas, desarrolladas en multitud de lugares de todo el planeta muy distantes entre sí, tienen un origen común: el cultivo interno, la capacidad de comprender a través de experimentar la realidad última en el propio ser, lo que otorga al practicante la sabiduría de interpretar el mundo exterior en todas las escalas, desde los parama-anu (las partículas subatómicas que surgen y desaparecen para crear la mente y la materia) que Siddharta Gautama describe en los sutras recogidos de sus sermones, hasta la dinámica impermanente expresada en el Yi Jing (el clásico del cambio) sobre la formación del universo y su eterno retorno cíclico por medio de los códigos de yin y yang y los ba gua.
La mente humana, desde su nacimiento está sujeta a la recepción, interpretación y reacción al mundo exterior a través de los órganos sensoriales. Esto es lo que estas ciencias antiguas describen como "permanecer dormidos a la realidad última", "alejarnos de la Vía", o "dirigir nuestros pasos al infierno". Es aquí donde nos encontramos la mayor parte de nuestras vidas.
La introspección busca "despertar la realidad última", "ser Uno con el Dao", a través de técnicas de adiestramiento de la mente, utilizando el cuerpo como su lugar de focalización. Este es el camino de los que practican artes marciales, de los que se sientan en loto, de los que se doblan y retuercen en yoga.
En mi modo de interpretar, este "despertar" sería la verdadera esencia de todos los caminos, ya les llamemos Dao, Dharma, Yoga, Sufí, misticismo cristiano, con todas sus variantes escolásticas, laicas o religiosas. Todo lo demás son adornos para el intelecto dormido que si son tomados como la verdadera esencia nos alejan irremediablemente del camino adecuado.
Al leer las palabras recogidas de los grandes maestros de todas las culturas, siento que de un modo u otro, todos ellos han experimentado una realidad clara y sin los sesgos de la dualidad, de la división. Podemos admirarlos, beatificarlos, adorarlos, endiosarlos, mitificarlos, santificarlos, rezarles, pedirles, crearles templos, besar los pies de sus estatuas, pero todo esto no nos devuelve a nuestra naturaleza original, esto solo son los adornos de los seres dormidos.
Pero cada ser interpreta según sus ideas, prejuicios y condicionantes. Cuando leo que los Wu, los guías chamanes de la antiguedad basaban sus métodos sanadores en magia, encantamientos y demonios, o que los seguidores del Dao buscaban afanosamente la fórmula de la inmortalidad, o que los seguidores de Gautama buscaban una reencarnación en niveles más afortunados, me parece entrever la interpretación de seres dormidos, condicionados y poco desarrollados.
Para mí, los Wu son intermediarios sanadores a través de su conexión con la naturaleza original, los seguidores del Dao comprenden que la inmortalidad está en el eterno aquí y ahora, y los seguidores de Gautama se reencarnan en cada instante del momento presente en seres desapegados.
El Dao, el Cielo, el Nirvana, no son lugares a los que ir cuando morimos, son experiencias más allá del cuerpo y la mente que nos unen en una gran hermandad con todos los fenómenos y todos los seres. Esto es lo que quiere decir Todos somos Uno.
Aunque todo esto que escribo no es otra cosa que mi condicionada interpretación.
Eso sí, aquí y ahora.
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